martes, 20 de enero de 2009

[aequus] Turquía: ese puente entre culturas




Turquía: ese puente entre culturas





Por su ubicación estratégica entre Occidente y el mundo islámico, se la considera un vínculo crucial para el diálogo interreligioso. Con Estambul como su ciudad más emblemática, aspira a integrarse a la modernidad de Europa sin renegar de su rica historia


ESTAMBUL.- En las concurridas mesas de la vereda del Sultan Pub corre la cerveza y el plato de la casa es la pizza Margarita. Turistas y visitantes saben que el colorido barrio de Sultanahmed es un destino ineludible cuando se llega a esta ciudad. A simple vista todo parece muy occidental, plagado de cafés y tiendas sofisticadas, pero hay algo en la atmósfera que hace sentir que se está en una ciudad y en un país original y distinto, donde la sensación de cuento de hadas acompańa a cada paso.
Estambul, con 15 millones de habitantes, es la ciudad más importante de Turquía, su principal puerto de mar y el centro de las finanzas y el comercio. Los estrechos turcos, el de Bósforo y el de los Dardanelos, son cursos de agua de importancia estratégica que comunican el Egeo y el Mediterráneo con el Mar de Mármara y el Mar Negro.
Llamada primero Bizancio, en honor del rey griego Byzas, luego Constantinopla, como tributo al emperador Constantino, esta ciudad fue bautizada finalmente Estambul por los turcos y tiene la particularidad de ser la única del mundo situada en dos continentes: Europa y Asia.
La parte europea de Turquía, llamada Tracia, sólo representa el 3 por ciento del territorio y limita con Grecia y con Bulgaria. El resto, del lado asiático, es conocido como la península de Anatolia, y conecta al país con Siria, Irak, Irán, Armenia, Georgia y Azerbaiján.
La fuerza de Turquía como puente de culturas se siente a cada paso. Pero tal vez una síntesis perfecta sea este escenario de Sultanahmed que reúne, frente a frente, a los dos símbolos de la religiosidad de Estambul: Santa Sofía, la gran catedral construida tres veces (la última por Justiniano), que durante mil ańos fue la más grande de la cristiandad, y la Mezquita Azul, única con sus seis minaretes y tercera en importancia para el mundo musulmán, después de la de Masjid al Haram, en La Meca, y el Domo de la Roca, en Jerusalén.
Las tres mil mezquitas, los cinco llamados diarios del muecín a la oración, los palacios de los sultanes, las fortalezas amuralladas, los acueductos de la época de los romanos y la omnipresencia del agua en un paisaje de costas que no parece tener fin, hacen de Estambul una ciudad cautivante, que fusiona lo viejo y lo nuevo, la modernidad y la tradición.
Un pasado glorioso
Los pinos y los cipreses de las colinas que enmarcan el Bósforo se incorporan con fuerza al paisaje de Estambul. En los ańos 70 desaparecieron bajo el fuego la mayoría de las mansiones o palacetes de madera que habían sido de las grandes familias otomanas alejadas del poder. Cuando los sultanes se mudaron de los palacios de las mil y una noches a otros más funcionales, los visires y príncipes que vivían en ellos construyeron sus propias mansiones de madera en la colina de Nisantasi. Hoy han recuperado su antiguo esplendor, restauradas o reedificadas con el mismo estilo, conservando el verde de la costa y los espacios no construidos, lo que las vuelve un ejemplo admirable de preservación de un paisaje cultural. Ya no es más aquel Estambul en blanco y negro, oscuro y ceniciento, que el premio Nobel de Literatura turco Orhan Pamuk recuerda de su infancia estambulí de 50 ańos atrás, sino una ciudad luminosa donde los lugares antiguos e históricos conviven con los más salientes rasgos de una modernidad increíble.
Incluso los viejos edificios que fueron sustituidos por bloques de pisos, son de alturas homogéneas y de una presencia no disruptiva en relación con el entorno. Estambul es una ciudad que arrastra un pasado glorioso y que ha logrado hacerse un lugar en la modernidad.
El palacio Topkapi, donde vivieron los sultanes por casi 700 ańos, está ubicado en el ángulo donde el estrecho del Bósforo (que une el mar de Mármara con el Mar Negro) se junta con el llamado Cuerno de Oro, que es una especie de ría o entrada al mar en la parte europea de Estambul.
El Cuerno de Oro tiene cuatro puentes que lo cruzan, entre ellos el Galata y el Atatürk, y frente a la costanera, llena de barcos, pescadores, vendedores, mercachifles, restaurantes de pescado y cafés donde se fuma el narguile, se siente cuán enriquecedor puede ser el multiculturalismo si logra darse en el marco de una sociedad tolerante.
No hay en Turquía rasgos extendidos del fanatismo y fundamentalismo con que Occidente suele identificar a otros países del islam.
La República que fundó Atatürk en 1923 es radicalmente distinta de la sociedad del Imperio Otomano. Si bien se ha empeńado en preservar su legado histórico y cultural, la Turquía moderna es una democracia parlamentaria y es un estado laico cuya población profesa mayoritariamente el islam. El liderazgo turco en la región es clave en la medida en que mantiene buenas relaciones con Israel y al mismo tiempo está representada en la Organización de la Conferencia Islámica. Es el unico miembro de la OTAN y del Consejo de Europa que forma parte de esta importante organización compuesta por mas de 50 Estados.
De todos modos, la situación de las minorías no es sencilla en un país donde el 99 por ciento de la población es musulmana y donde hay 60 mil mezquitas y oratorios. Existen pequeńas comunidades de judíos y de cristianos -católicos, ortodoxos, protestantes- para quienes la situación puede ser compleja. De esta realidad ha dado cuenta un libro esclarecedor, Diálogo con el islam (Lumen), del escritor católico Jesús María Silveyra, que siguió las huellas del sacerdote italiano Andrea Santoro, asesinado por un fanático musulmán en febrero de 2006 en la iglesia de Santa María, en Trazbon, sobre el Mar Negro.
La misión del padre Santoro buscaba garantizar la presencia de la Iglesia en tierras donde estaban las raíces del cristianismo. En efecto, los primeros nueve concilios se realizaron en esta región: uno en Jerusalén y ocho en Turquía: uno en Calcedonia, dos en Nicea, uno en Efeso y cuatro en Constantinopla.
"El padre Andrea creía en el intercambio de dones entre religiones y trabajaba para abrir una ventana de conocimiento, de diálogo y de encuentro entre Medio Oriente y nuestro mundo de Occidente", explica Silveyra.
El martirio del padre Santoro dejó al descubierto cuán difícil es la convivencia, a pesar del trabajo de líderes religiosos musulmanes para favorecer el diálogo y la cultura de la tolerancia. Tal es el caso del teólogo Fethullah Gülen, activista por la paz y por el entendimiento entre religiones que, desde principio de los ańos 90, trabaja en este sentido.
Gülen, a quien una encuesta de la renombrada revista norteamericana Foreign Policy lo ubicó en el primer lugar entre los 100 intelectuales más influyentes del mundo, visitó al papa Juan Pablo II en el Vaticano y al anterior arzobispo de la dióciesis de Nueva York, John O´Connor. En Turquía se reunió con el embajador del Vaticano ante Turquía, con el patriarca de la Iglesia Ortodoxa Griega, con el patriarca de la comunidad armenia, con el gran rabino de la comunidad judía y con muchas otras personalidades relevantes. Esto generó tensión entre los movimientos radicalizados (nacionalistas) de este país. Se alarmaba sobre la presencia de un líder musulmán en el Vaticano, con la intención de generar negatividad. "Pero hoy el 85 por ciento de la sociedad turca apoya lo que hace Gülen", dice Mustafá Yesil, presidente de la Fundación de Periodistas y Escritores, brazo intelectual del Movimiento de Fethullah Gülen.
La tolerancia religiosa es clave para el proyecto de Turquía de ingresar en la Unión Europea.
"El actual gobierno está dando pasos importantes para que la gente pueda vivir libremente según su religión", asegura Mustafá Yesil.
En efecto, el país es gobernado por el joven partido AK Parti, de tendencia islamista moderada, que ha impulsado las medidas para que Turquía ingrese en la Unión Europea como miembro de pleno derecho, algo bastante resistido por ciertos círculos europeos.
El proceso de modernización conducido por Atatürk, tras la caída del Imperio otomano, incluyó el traslado de la capital a Ankara, que hoy es una impactante ciudad de 5 millones de habitantes levantada en el emplazamiento de la antigua ciudad romana de Angora. También impuso la sustitución del alfabeto árabe por el alfabeto latino y la prohibición de usar el velo, cobertura femenina que las mujeres llevan sobre el cuerpo y la cabeza, también llamado hiyab, alalmira, shayla, chador, burka . Tras la fundación de la República se separó la religión del estado y se prohibieron las manifestaciones públicas de las creencias, incluido el velo religioso. Pero desde hace unos ańos algunas mujeres han vuelto a usarlo en la calle y se revocó la prohibición expresa que tenían de ingresar con ellos en las universidades.
Posición estratégica
Frente a aquellos que temen una creciente islamización de la sociedad, hay quienes, como el profesor Mehemed Goerz, vicedirector de Asuntos Religiosos de Turquía, creen ver un camino de mayor apertura para que los musulmanes puedan vivir libremente su religión frente al laicismo a ultranza que siguen sosteniendo los sectores más nacionalistas.
"La República turca ocupa una posición estratégica. Como puente entre Europa y Asia, es, sin dudas, el país más importante de la región", dice Bulent Arinç, ex presidente del Congreso de la Nación turco y actual diputado del partido gobernante.
Casi dos décadas de liberalización económica han desatado el dinamismo empresarial del país y la internacionalización de la economía turca. El PBI de Turquía alcanza los 400000 millones de dólares. Está geográficamente próxima al 70 por ciento de los recursos energéticos mundiales, particularmente del Mar Negro y la Cuenca del Mar Caspio. Por ello representa un puente natural entre los países productores y los mercados consumidores. Se trata de un importante país de tránsito en el eje energético de Eurasia y centro energético de la región. Su trazado es conocido como la Ruta de la Seda del siglo XXI.
Como asegura Bulent Arinç: "Turquía está a la vanguardia de los esfuerzos que buscan cultivar una cultura del entendimiento y de la cooperación entre civilizaciones".
Por Carmen María Ramos
revista@lanacion.com.ar

Por la tolerancia
La Fundación para la Amistad Argentino-Turca alienta el intercambio religioso, cultural y educativo siguiendo las enseńanzas del Movimiento del activista por la paz de origen musulmán Fethullah Gülen. Este movimiento, con base en Turquía y presencia en 130 países, pone el foco principalmente en la educación.
La penetración de sus ideas de tolerancia y entendimiento tiene una plataforma impresionante en las 9 universidades y 800 colegios que maneja el movimiento en el mundo. Uno, el Colegio Hércules, está en Buenos Aires, en el barrio de Floresta.
La Fundación invitó a un grupo de periodistas e intelectuales argentinos a Turquía para conocer de cerca el trabajo que realizan para difundir sus ideas de comprensión, aceptación y convivencia con quienes profesan otros credos. El programa incluyó la visita a instituciones educativas, pero también al Parlamento, a centros de estudios islámicos, a hospitales, diarios, canales de televisión, asociaciones de la industria y el comercio y otras instituciones representativas de la sociedad de Turquía que comparten la idea de que alcanzar el entendimiento entre distintas religiones y culturas no es una utopía. Aceptan que en el mundo, y por supuesto en el Islam, hay sectores extremistas que son un freno en este propósito, pero los consideran "minoritarios".
Orientados a Occidente
La más impresionante gesta de los turcos fue la creación y expansión del imperio otomano, que se inició hacia el siglo XIII. En 1453 Mehmet el Conquistador (1451-1481) dio paso a una nueva era histórica con la conquista de Constantinopla, que rebautizó con el nombre de Estambul y proclamó la capital de su imperio en creciente expansión. El reino del sultán Selim (1512-1520) fue el preludio de la edad de oro otomana, ya que extendió las fronteras de su imperio a Siria, Palestina. Arabia y Egipto. Su hijo Süleyman El Magnífico hizo que el imperio otomano mantuviera su posición como uno de los grandes imperios de la Europa del Renacimiento. En su época de mayor apogeo, en el siglo XVII controlaba Asia Menor, la Península de Crimea, el Cáucaso, Mesopotamia, Oriente Medio, el Norte de Africa y los Balcanes. El Mar Negro, el Mar Rojo y el Mar Mediterráneo eran lagos interiores del imperio otomano.
Los siglos XVIII y XIX fueron testigos de un imperio embestido militarmente por una Rusia en creciente expansión. Varios sultanes comprendieron que el declive político y cultural exigía la introducción de reformas para sobrevivir.
Los otomanos entraron en la primera Guerra Mundial junto con Alemania y Austria. Cuando la guerra concluyó, las fuerzas de ocupación griegas, británicas, francesas e italianas estaban en tierra turca. Mustafá Kemal Atatürk se erigió en la bandera de la resistencia y logró en 1922 que los turcos fueran dueńos nuevamente de su tierra. En 1923 se proclamó la República de Turquía e inició un proceso de modernización que incluyó la decisión de Atatürk de sustituir el alfabeto árabe por el latino. Mustafa Kemal Ataturk presidió la República hasta su muerte en 1938.


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