miércoles, 24 de marzo de 2010

[aequus] Marxismo y cristianismo:1. Elementos de una crítica

 

Marxismo y cristianismo:1. Elementos de una crítica

El "problema" marxista con los creyentes es muy amplio, pero básicamente se trata de rechazar un Cristo –el que sirve de coartada para los poderosos-, y reconocer en otro a un "compañero de ruta".
Pepe Gutiérrez-Álvarez | Para Kaos en la Red | 23-3-2010 a las 13:16 | 270 lecturas
www.kaosenlared.net/noticia/marxismo-cristianismo-1-elementos-critica
  Para los veteranos que habían conocido en directo la Iglesia antirrepublicana y luego franquista, entrar en las Iglesias para hacer asambleas y reuniones clandestinas, fue motivo de estupor y de escándalo…Y sin embargo,  ya había cristianos que estaban en el PC y con los "felipes", y los hubo en todas las fracciones de la izquierda vieja y nueva, así por ejemplo, en un de mis primeras asambleas con la LCR de vuelta de la "mili" tuvo lugar en el Seminario de Sant Cugat, donde casi todo los capellanes estaban afiliados, aunque luego se pasaron al PSUC donde militó el muy emblemático Alfonso Carlos Comin que fue –en Bandera Roja- cristiano y marxista leninista pensamiento Mao Tse-Tung.
  Aunque para algunos –el PTE por ejemplo, y recuerdo algún texto de Isidoro Moreno al respecto-, cristianismo y marxismo-leninismo ra incompatibles; también lo era anarquismo y marxismo-leninismo, de ahí que en m bario echaron a un militante por echarse una novia ácrata…Pero la mayoría, el problema no se planteaba en las doctrinas sino en la acción. Pero había más, resultaba que mientras algunos marxistas (o anarquistas) se sentaban cómodamente en su doctrina, y  se restringían a un esquema sectario, muchos creyentes que volvían de pasadas ortodoxias, eran muchos más abiertos al debate y al análisis de una realidad que –indudablemente-, era mucho más complicada y retorcida de lo que entonces creíamos.
  En este tiempo, de hecho hasta finales de los sesenta, el "diálogo" entre marxistas (o anarquistas, y/o marxistas libertarios) y cristianos llegó muy lejos, y contribuyó muy poderosamente a la inicial recomposición de un movimiento social que si bien a mediados de los años sesenta era todavía muy minoritario, una década más tarde era totalmente imparable.
  En este tiempo, se publicaron toda clase de libros sobe una de aquellas cuestiones que podíamos estar machacando durante horas y horas. Los marxistas repetíamos por lo general unos criterios como los isguienes… 
  En 1847 Marx lanzaba inventivas contra la noción de que la doctrina cristiana pudiera ofrecer una alternativa al comunismo; significaba nada más que una sumisión cobarde, cuando lo que la clase obrera necesitaba era coraje y amor propio (Marx y Engels, Sobre la religión). En el Manifiesto comunista, el socialismo cristiano era desechado como un truco feudal- conservador, fácilmente descubierto por los obreros. Pero Marx pronto se encontró admitiendo que, en un país fundamentalmente campesino como Francia, la influencia clerical podía ser todavía de mucho peso; de ahí la intervención armada del gobierno francés para restaurar el dominio papal en Roma (Las luchas de clases en Francia). Varios años después, en una gira por el País Renano, no pudo evitar sentir que el catolicismo social, con el obispo Ketteler como exponente, ejercía una insidiosa influencia sobre los obreros (Carta a Engels, 25 de septiembre de 1869).
  Engels explicaba que la Reforma fue posible por el desarrollo económico de Alemania y la creciente participación del país en el comercio internacional. En su obra sobre las guerras campesinas de 1524-1525, consideró ésta como un primer intento de revolución nacional, burguesa o antifeudal, frustrado por falta de unión entre ciudadanos y campesinos, en tanto que los estratos más bajos, los desheredados, ubicados fuera de la sociedad, sólo podían permitirse sueños irrealizables acerca de un futuro mundo ideal, en el espíritu del elemento milenario del cristianismo primitivo; su anabaptismo fue el primer destello débil de socialismo moderno.
  En otros términos, no existe cultura que no produzca obras culturales. Negar que el cristianismo haya represen­tado el papel de operador y que, por consiguiente, haya representado un papel apreciable en la constitución de nuestra cultura, sería abandonar toda la sociología religiosa de Engels.
  Al nivel de la vivencia, Engels describe la aportación del cristianismo como la elaboración y la manifestación de la actitud de protesta de las masas dentro del impe­rio romano Estas masas están explotadas a la vez su situación de clase y en determinados casos, por su situación de pueblos tributarios. Han sido forjadas militarmente, ya en Italia con los insurrectos de Espartaco, ya en la periferia por los levantamientos en pro de la reconquista de la independencia. Están divididas por el carácter heteróclito  de su composición social y, por consiguiente, son a la vez conscientes de la extrema dificultades de vencer por sus propias fuerzas, pero están disponibles para escuchar la invocación "belicosa" del cristianismo a un Dios capaz de destruir a los poderosos y a los ricos.
  ¿La existencia de esta actitud conducirá a los cristianos a realizar obras culturales en discontinuidad radical con la aportación anterior del pensamiento romano? Ad­mitirlo seria perder de vista la misma naturaleza de la creación de las obras culturales. En cierto sentido, esta creación es siempre una amalgama, un "bricolage" según la expresión de Lévi-Strauss, es decir, que utiliza para la elaboración de sus propios productos los materiales ya elaborados por los periodos anteriores. La incorpora­ción de la cultura pagana a la cultura cristiana no es un mero accidente. Aun cuando se realizó bajo el signo cons­tantiniano de la Iglesia, seria peligroso, sin embargo, con­fundir la necesidad de esta integración con la ocasión circunstancial que ofreció la transformación de la Iglesia de los oprimidos en Iglesia estatal.
  Así pues, el cristianismo, como toda fuerza de crea­ción cultural, pone de manifiesto su originalidad por la introducción de una actitud nueva ante la naturaleza y ante el mundo de las relaciones humanas. Informa los elementos anteriormente existentes. Invirtiendo la metá­fora evangélica, podríamos decir que echa el vino viejo en odres nuevos.
  Hay que insistir sobre el hecho de que esta concep­ción de la aportación cristiana es la expresión directa de la teoría marxista de la herencia cultural (...) En lo concerniente al cristianismo, su aportación debe definirse en función de las esperanzas de la conciencia social de su tiempo. El mundo romano no aspiraba a una Ciencia en el sentido aristotélico del término. Los progresos técnicos se presentaban como el fruto de una ex­periencia empírica. Séneca expresará este estado espiritual, en el plano de la medicina, con una frase lapida­ria: "Querer saber más de lo suficiente es una forma de intemperancia."  Lo que no significa en modo alguno una decadencia global de la cultura, sino más bien el sentimiento naciente de que el primer problema es situar al individuo que toma conciencia de sí mismo, precisamente en la medida en que la sociedad es incapaz de garantizarle una estabilidad suficiente. Este sentimiento de ansiedad explica en gran medida el éxito impresionan­te de los escépticos.
  ­Cómo es sabido, Marx y Engels caracterizaron al cris­tianismo como una religión adaptada a un mundo en el que funciona la categoría del mercado y en el que, por consiguiente, el universalismo prevalece sobre los particularismos locales. Este universalismo, en la medida en que emana de los estratos populares, de las clases y dé los pueblos explotados, está fuertemente marcado por la exigencia de un reconocimiento de la dignidad de los pobres al menos bajo la forma elemental de un reconoci­miento de sus derechos iguales para acceder a la salvación. Esto no es en absoluto un hecho nuevo. La presencia de los libertos y de sus familias en la sociedad romana se había expresado ya por medio de Epicteto que afirmaba: "el dogma filosófico es el que hace levan­tar la cabeza a los que están humillados, el que permite, mirar a los ricos y a los tiranos derecho a los ojos"  (Gilbert Mury, Cristianismo primitivo y mundo moderno, Barcelona, Ed. Península, 1977)
  En años posteriores Engels volvió reiteradamente al problema del origen y el temprano desarrollo del cristianismo. Una religión que había desempeñado un papel de tanta envergadura en la historia del mundo —escribió en su ensayo sobre Bruno Bauer, pionero en este campo— no podía desecharse como un mero engaño; lo necesario era comprender las condiciones de las cuales había surgido. Las masas miserables, en el imperio romano, sin esperanzas de alivio material, se volvieron, en cambio, hacia los pensamientos de salvación espiritual; aprendieron a culpar a su propia condición pecadora, de la cual la Pasión podía redimirlas.
  El dogma del pecado original era el único principio de igualdad cristiano —declaró en el Anti-Dühring— y estaba en armonía con una fe para los esclavos y los oprimidos. Sin embargo, Engels habría de ir más lejos, y cerca del final de su vida trazó un paralelo entre los cristianos primitivos y el movimiento obrero de su propia época, los dos iniciados entre las masas oprimidas, pero con el cristianismo convirtiéndose con el tiempo en la religión del Estado, y el socialismo ahora —él no lo
dudaba— seguro de una rápida victoria (Sobre la religión). En una postrera
declaración, al final de su introducción de 1895 a una edición de Las luchas
de clases en Francia
de Marx.
  Lo dicho: Engels rindió homenaje a los primitivos cristiano como «peligrosa partida de revoltosos» dispuestos a desafiar a los emperadores y a socavar la autoridad negándose a ofrecer sacrificios en sus altares...Esta era una Iglesia que ayudó a los esclavos, y hasta el siglo III se mantuvo en las normas y criterios igualitarios y de base hasta que llegó Constantino y el constantinismo, del que hablaremos en una próxima ocasión.
 
link: http://www.kaosenlared.net/noticia/120723/marxismo-cristianismo-1-elementos-critica
fuente: kaos en la red
 


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